La obra explora la transformación del rostro humano a través de procesos de optimización de la imagen mediante inteligencia artificial. Partiendo de retratos en primer plano, cada imagen es sometida repetidamente a algoritmos de mejora de ruido, enfoque, iluminación, temperatura de color y restauración facial. La repetición de este proceso genera una deriva progresiva, produciendo una imagen que deja de corresponder a la persona original.
El proyecto cuestiona un comportamiento muy arraigado en la cultura visual contemporánea: el deseo constante de optimizar la propia imagen, de aparentar ser. En este contexto, la obra plantea una paradoja: cuanto más se desea perfeccionar una imagen, más se aleja de aquello que representa. La optimización algorítmica termina convirtiéndose en una forma de borrado identitario.
Cada persona se identifica mediante una letra, mientras que los números indican las iteraciones aplicadas a la imagen original. Esta nomenclatura enfatiza la dimensión secuencial y acumulativa de la obra, situando cada imagen como parte de una progresión en la que la repetición algorítmica produce una transformación progresiva del rostro.